La piel es la parte del cuerpo más accesible y sus enfermedades se manifiestan de forma visible en su superficie. No sólo envuelve el organismo, además realiza funciones que le son propias como la producción de vitamina D. La piel tiene varias capas, pero las dos principales son la epidermis (capa superior o externa) y la dermis (capa inferior o interna).
El cáncer cutáneo supone el crecimiento incontrolado de células que forman parte de la estructura normal de la piel; éstas se hallan alteradas y proliferan para formar tumores cutáneos.
Bajo la denominación cáncer de piel se incluye un conjunto de tumores malignos con características muy diferentes. Las formas más frecuentes de cáncer cutáneo no melanoma son el carcinoma basocelular (75-80% de los casos) y el carcinoma escamoso o epidermoide (20% de los casos). El melanoma maligno es una forma menos común que las anteriores (1-2%) pero su importancia radica en que presenta el mayor índice de mortalidad y es responsable del 75% de las muertes por cáncer de piel.
El principal factor de riesgo relacionado con la aparición del cáncer de piel es la radiación solar, sobre todo la ultravioleta B. otros factores relacionados son la susceptibilidad o predisposición genética determinada por el fototipo de piel y los antecedentes familiares y las exposiciones ambientales a carcinógenos como la radiación ionizante o ciertos productos químicos. El cáncer de piel afecta más a las personas de piel blanca y ojos azules o verdes y de cabello rubio o pelirrojo, esto es, los fototipos I y II, que son individuos que siempre se queman tras la exposición solar y nunca se pigmentan, o aquellos que se queman con facilidad y sólo se broncean un poco, respectivamente.
El tratamiento habitual consiste en eliminar las células cancerosas y una porción de piel normal circundante o margen de seguridad. Si el área afectada es muy extensa es necesario colocar un injerto de piel después de la cirugía para cerrar el defecto. El tratamiento elegido varía dependiendo del tamaño, profundidad y localización del cáncer.
Aunque lo más frecuente es la extirpación quirúrgica, se pueden utilizar otras técnicas en el cáncer cutáneo no melanoma superficial como el raspado (legrado), seguido de tratamiento de la zona donde se encontraba la lesión para destruir las células cancerosas restantes con un bisturí eléctrico. Si el cáncer ha afectado a los ganglios linfáticos también deben ser extirpados.
El cáncer cutáneo no melanoma y los melanomas más pequeños y superficiales se pueden curar por medio de la cirugía. En los melanomas de mayor grosor, además de la cirugía puede ser necesaria la utilización de la inmunoterapia (el uso de medicamentos que estimulan el sistema inmune como el interferón), la radioterapia y, en el caso de existir diseminación a órganos internos, también quimioterapia.
La mayoría de los tumores cutáneos (95%) se pueden curar si se extirpan a tiempo. Los riesgos de que el cáncer vuelva dependen de la profundidad del tumor; así los tumores más profundos tienen una mayor probabilidad de ser recurrentes o recidivantes, es decir, de reaparecer en la misma zona. Si el cáncer ya se ha diseminado a los ganglios linfáticos, disminuye la tasa de curación, y si el melanoma se ha diseminado a otros órganos, la tasa de curación es muy baja, y puede sobrevivir la muerte. El riesgo de recidivas en 5 años es de un 8-10% en el caso del cáncer cutáneo no melanoma. Además los pacientes tienen un riesgo aumentado de desarrollar más tumores.
La radiación ultravioleta es el principal factor de riesgo de los tumores de piel; moderar la exposición a ésta disminuirá el riesgo de que aparezca. Las normas básicas recomendadas en la prevención del cáncer de piel son: reducir la exposición solar, utilizar fotoprotectores y ropa y complementos protectores como gorros o gafas de sol, así como someterse a revisiones periódicas por un dermatólogo.