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A lo largo del siglo XX y primer cuarto del XXI, la música ha sufrido confinamientos de todo tipo y con motivos diversos. Uno, desgraciadamente habitual, ha sido la guerra, que ya en la primera contienda mundial obligó a un cambio de rumbo radical en las composiciones de Stravinsky, pero que en la segunda llegó a dar ejemplos desde obras compuestas en campos de prisioneros, como es el caso de Messiaen, a otras en ciudades sitiadas, como ocurrió con Leningrado y Shostakóvich. Entre ambas, dos confinamientos singulares: el económico del crack del 29, que tuvo sus consecuencias musicales, y el establecimiento de los totalitarismos, que prohibió y alentó músicas diferentes y que provocó obras como la de Ullmann, compuestas en campos de exterminio. Y entre guerras y totalitarismo, los confinamientos y persecuciones del exilio. El más reciente de los confinamientos musicales se dio de repente y sin sospecharlo en una pandemia mundial, de consecuencias amplísimas. Un momento en que los compositores han respondido también desde el confinamiento, lo han llevado a los pentagramas e incluso ha influido sobre las maneras de manifestarse sonoramente y las nuevas vías de difusión. De algún modo, los antiguos y tradicionales jinetes del Apocalipsis —guerra, peste, hambre y muerte— han configurado los diversos confinamientos modernos, a los que los creadores sonoros han sabido responder con sus nuevas obras. Presenta: José Luis García del Busto Secretario general de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando