Formación en adultos
La Fundación BBVA y el Ivie publican un estudio sobre la formación a lo largo de la vida laboral

Sector público, hogares y empresas suman una inversión en formación de adultos que supera los 18.000 millones de euros anuales, el 1,2% del PIB

La formación es un proceso esencial para el desarrollo de las personas y condiciona no solo las oportunidades laborales, sino también la consecución de metas vitales. Junto a la educación en las edades típicas de la enseñanza, la formación de adultos a lo largo de su vida tiene efectos positivos tanto de carácter económico, como en el desarrollo y bienestar personal del individuo. Más si cabe tras la irrupción de la inteligencia artificial y de otros avances tecnológicos que obligan a una adaptación constante de las competencias. Además, España es de los países de la UE con un mayor peso de la población adulta con menor nivel educativo, con una tasa de abandono escolar temprano más elevada y con pobres resultados en comprensión lectora y matemática. La combinación de estas características con una tasa de paro también superior a los promedios europeos hace más necesaria la apuesta por la formación de adultos como una de las pocas alternativas para abordar de una manera integral esos déficits.

14 octubre, 2026

Monografía preliminar

'Formación a lo largo de la vida laboral en España'

La inversión en formación de adultos en España alcanzó los 18.518 millones de euros en 2024, lo que supone un 1,2% del PIB. El 47,2% de esa cifra es gasto público, el 44,2% es el gasto privado que realizan los hogares y solo el 8,6% restante concentra las aportaciones de las empresas a través de la inversión en formación de sus trabajadores. Aunque España se sitúa por encima de la media de la UE tanto en participación en educación formal como en no formal entre las personas de 25 a 69 años, la inversión en formación de la empresa es inferior al promedio europeo. El tejido empresarial español destina a formar a sus plantillas el 0,18% del total del coste laboral, tres veces menos que la media europea del 0,58% y hasta seis veces menos que en Países Bajos (1,08%), uno de los países europeos conocidos por sus altos niveles de formación y productividad, según los últimos datos comparables con la UE (2020), que analiza la monografía Formación a lo largo de la vida laboral en España. Una visión ampliada de la educación en el siglo XXI, publicada hoy en versión preliminar por la Fundación BBVA y el Ivie.

En la elaboración del estudio, dirigido por el investigador del Ivie Joaquín Aldás, ha participado el equipo interdisciplinar del Ivie y de la Universitat de València integrado por Laura Hernández, Lorenzo Serrano, Adrián Todolí e Irene Zaera. El documento evidencia los efectos positivos de la formación de adultos y plantea la necesidad de mejorar las estrategias de formación de las personas mayores de 25 años, especialmente, en un contexto de rápido envejecimiento de la población.

Las actividades de aprendizaje de los adultos se pueden clasificar, por un lado, en educación institucionalizada, que puede ser formal (educación oficial y reglada de las distintas etapas educativas obligatorias y posobligatorias: primaria, secundaria, bachillerato, formación profesional, universidad) o no formal (actividades de formación adicional fuera de la regulada, como cursos, conferencias, charlas, talleres, seminarios, etc.). Por otro lado, la monografía recoge también la evolución del aprendizaje informal, que incluye todas las actividades que se hacen deliberadamente para aprender, pero de forma no estructurada, a través de conversaciones con familiares o amigos, lectura de libros o revistas, visitas guiadas a museos, consulta de material digital, etc.

En España, casi un 70% de la población de 25 a 69 años realiza algún tipo de actividad formativa a lo largo del año. Nuestro país se sitúa en una posición relativamente favorable respecto a la UE en educación formal y no formal, mientras que el desarrollo del aprendizaje informal es más escaso, con una de las participaciones más bajas. Frente a la media del 5,7% de la UE, en España el 8,9% de la población mayor de 25 años realiza algún tipo de educación formal. Solo seis países se sitúan por delante: Suecia, Finlandia, Dinamarca, Luxemburgo, Países Bajos e Irlanda. Menos destacada, pero también por encima de la media, se posiciona en educación no formal, con un 42,6% de adultos formándose, frente al 41% del promedio europeo. Por el contrario, en España solo un 52,5% de la población reconoce realizar algún tipo de aprendizaje informal, mientras que la media de la UE se sitúa en el 62,8%.

La evolución seguida por España en los últimos 15 años en formación formal y no formal es de las más dinámicas de Europa, ya que el porcentaje de personas que realizan este tipo de educación ha crecido más de 18 puntos. Como resultado de esta evolución, España se sitúa actualmente por encima de la media de la UE en todos los grupos de adultos en función de su situación laboral (ocupados, parados o inactivos). La participación de las personas entre 25 y 69 años en educación formal y/o no formal es 2,4 puntos más alta entre los ocupados (56,1% frente a 53,7% en la EU-27), 6,7 puntos entre los parados (35,7% frente a 29%) y 4,4 puntos por encima entre los inactivos (24,8% frente a 20,4%).

Participación en educación formal y/o no formal, por situación laboral. Personas de 25 a 69 años (porcentaje)

Fuente: Eurostat (AES).

España partía de cierto retraso inicial, pero ha mostrado un comportamiento especialmente dinámico, formando parte del grupo de países con mayores incrementos, junto con Hungría, Países Bajos, Letonia, Francia, Portugal, Italia y Rumanía.

Determinantes de la formación de adultos

Entre la población activa, el porcentaje de personas que ha realizado alguna acción formativa a lo largo del año es mayor entre los ocupados que entre los desempleados (74,4% frente al 64,6%). La distancia se aprecia de forma destacada en el caso de la educación no formal, que recoge las actividades destinadas al reciclaje profesional o la mejora de las competencias, con un 52,8% de participación entre los ocupados, frente a un 30,1% de los parados. La escasa efectividad de la formación ofrecida a los parados para encontrar un nuevo empleo es una de las principales debilidades que detecta la monografía, ya que solo el 15,6% de las personas paradas que realizan educación no formal señala que esa formación le sirvió para encontrar trabajo según la Encuesta sobre la Participación de la Población Adulta en las Actividades de Aprendizaje (EADA) 2022 del INE. En un país con tasas de paro tan altas como España, la participación de las personas desempleadas en este tipo de formación es, por lo menos, mejorable, y también lo es la efectividad de esa formación para encontrar empleo, indican los autores.

Junto a la situación laboral, la monografía permite identificar otros factores que inciden en la probabilidad de participar en alguna actividad de formación para adultos. A igualdad del resto de factores, la probabilidad de realizar este tipo de formación es mayor en las mujeres y aumenta con el nivel de estudios. Por el contrario, es menor en el caso de las personas extranjeras y disminuye con la edad. Para los autores, estos resultados son preocupantes, ya que “la participación en formación resulta más débil en el caso de los inmigrantes, los parados, los mayores y las personas con menores niveles de estudios terminados, precisamente algunos de los colectivos con mayores problemas de empleabilidad”.

El estudio analiza también los factores que frenan la intención de las personas de formarse a lo largo de su vida adulta. Los últimos datos disponibles indican que 2,1 millones de personas de 25 a 69 años que habrían querido participar en alguna actividad formativa no pudieron hacerlo y otros 2,7 millones lo hicieron, pero menos de lo que hubieran querido. Las principales razones argumentadas para no formarse corresponden en general a los problemas de compatibilidad de horario, la falta de tiempo por responsabilidades familiares y el coste económico de la formación. Los dos primeros factores son especialmente frecuentes entre los ocupados, mientras que el coste es el mayor problema para los desempleados, junto a las características de la propia oferta formativa.

Inversión en formación: pública, de los hogares y de las empresas

La financiación de la formación de adultos procede de tres vías. En primer lugar, a través del sector público, especialmente, con su gasto directo en educación formal, pero también, mediante las acciones de formación y capacitación laboral asociadas a políticas activas de empleo y formación en el trabajo impulsadas por el Ministerio de Trabajo y Economía Social. En segundo lugar, la educación de adultos se financia mediante los recursos que los propios hogares destinan a formación, y, en tercer lugar, a través de las empresas mediante la inversión en formación de sus trabajadores. En conjunto, el total del gasto estimado en formación de adultos en España alcanzó los 18.518 millones de euros en 2024, lo que supone el 1,2% del PIB. Las administraciones públicas aportaron el 47,2% de ese importe, las familias un 44,2%, mientras que solo el 8,6% restante procede de las empresas a través del gasto en formación de sus plantillas.

Gasto total en educación de adultos en España. 2024

Fuente: Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes,
Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, Ministerio de Hacienda,
INE (EADA, EGHE, EACL,  CNE) y elaboración propia.

España se encuentra muy por debajo de Europa en inversión de las empresas en formación, ya que solo destina el equivalente al 0,18% del coste total laboral a formación, mientras que la media europea es del 0,58%, es decir, tres veces más. Si comparamos con algunos de los países destacados por sus niveles de formación y productividad, las diferencias son aún mayores. Países Bajos, por ejemplo, invierte seis veces más que España en formación, en relación con los costes laborales.

El tamaño de las empresas es relevante en la formación continua, ya que las pequeñas invierten menos. En España la proporción de empresas pequeñas es mayor, lo que incide en las cifras de inversión global. Junto al menor tamaño empresarial predominante en España, otros factores como el mayor porcentaje de trabajadores temporales, autónomos y con niveles educativos básicos, así como la menor inversión en I+D+i que caracteriza a las empresas españolas y que incentivaría las necesidades de actualización de competencias, contribuyen a esa menor inversión en formación de las empresas.

Además, se añade que tampoco se agotan las ayudas públicas a formación en la empresa, lo que “hace pensar si el marco regulatorio basado en créditos formativos, subvenciones de salarios durante la formación, restricciones a la movilidad tras la formación o flexibilidad horaria son efectivos”, explican los autores del estudio.

En este contexto, ha irrumpido la inteligencia artificial, un cambio tecnológico con importantes repercusiones en el ámbito laboral que implican la necesidad de adquirir nuevas competencias. Este proceso de adaptación al nuevo entorno tecnológico a corto y medio plazo no puede llegar solamente desde la educación formal, sino que queda en manos de la educación no formal, fundamentalmente impartida por las empresas.

La monografía recuerda las razones que deberían animar a las empresas a ofrecer formación, ya que mejora la productividad de los trabajadores, incrementa la retención de talento, reduce el absentismo y fomenta la innovación, entre otros efectos. En primer lugar, la formación permite desarrollar habilidades técnicas y estratégicas para adaptarse a los cambios tecnológicos, lo que mejora la capacidad de innovación en productos y servicios. En segundo lugar, las empresas que invierten en programas de formación proyectan una imagen de compromiso con el desarrollo profesional de sus empleados que se traduce en satisfacción de los empleados y mayor retención y atracción de talento. Además, la formación refuerza los valores y principios de la organización, ya que, al participar en programas formativos, los empleados internalizan la cultura corporativa y los objetivos estratégicos. Por último, además de los beneficios para la empresa, los autores destacan que la formación tiene el potencial para incrementar también la productividad nacional, reducir las desigualdades e impulsar el bienestar general.

La administración tiene también el desafío de reconfigurar los programas de formación continua ofrecidos a las empresas para empleados, así como los programas de formación dirigidos a personas en situación de desempleo para incluir la formación en IA. En concreto, requerirán una especial atención por su mayor vulnerabilidad ante la irrupción de la IA los trabajadores de más edad y menor formación.

Efectos de la formación: económicos y sobre el bienestar personal

En general, el estudio pone de manifiesto los efectos positivos de la formación de adultos a través de la mejora de las competencias, como la mayor probabilidad de estar empleado, obtener mejores empleos y salarios más altos. Pero, además de esos beneficios de carácter económico, también revela ventajas en cuanto al bienestar personal, ya que la formación va asociada a una mayor satisfacción con la vida y al mejor estado de salud autopercibido Según las encuestas de la OCDE la satisfacción con la vida de la población española entre 25 y 65 años es 13,3 puntos superior entre las personas con mayores competencias y hasta 17,9 puntos por encima de la media en percepción de la salud. Además, genera mayor confianza social y mayor propensión al voluntariado. En España casi el 19,5% de la población declara realizar alguna actividad de voluntariado, pero el porcentaje llega al 25,6% entre las personas con mayor nivel de competencias.

Resultados de bienestar y participación cívica según el nivel de competencia matemática. Países de la OCDE. 2023 (porcentaje de adultos de 25 a 65 años que declaran resultados positivos en satisfacción con la vida, percepción de salud, confianza y voluntariado)

Fuente: OCDE.

Ante las ventajas de la formación continua a lo largo de la vida, la monografía incide en la importancia de contrarrestar las razones de los empleados y, sobre todo, desempleados, para no formase en su etapa adulta. Frente a la falta de tiempo, las responsabilidades familiares y el coste elevado de la formación argumentadas, los autores plantean la necesidad de transmitir a la población la relevancia de la formación continua para la mejora de la situación laboral. Por otro lado, también sugieren reconfigurar las políticas activas de empleo, especialmente las formativas, para adaptar su diseño a las verdaderas necesidades del mercado y de los individuos.

En este sentido, destacan el papel de las universidades, que pueden contribuir a la formación de adultos con la adaptación de métodos de enseñanza más fáciles de compaginar como la formación a distancia, la flexibilidad horaria, y también con la adaptación rápida de los contenidos a las demandas de empleo.

Otras recomendaciones plasmadas en la monografía para mejorar los resultados de la formación de adultos en España pasan, en primer lugar, por un pacto de Estado sobre el diseño del sistema educativo que evite los continuos vaivenes marcados por la ideología de los sucesivos gobiernos. En esa reforma se ha de tener en cuenta la propensión creciente de la población adulta a formarse en modalidades más flexibles y menos intensivas en tiempo. Es decir, apostar por un formato que combine formación presencial, mixta y online. Además, habrá que prestar especial atención a los trabajadores de mayor edad y menor formación, ya que son los más vulnerables ante la irrupción de la IA. En cuanto a las personas en paro, el objetivo pasa por rediseñar la formación para que la vean como una salida real a la situación de desempleo.