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NOTICIA Proyecto apoyado por una Ayuda a Equipos de Investigación de la Fundación BBVA

Un estudio revela que los adolescentes con dificultades en el aprendizaje, la memoria o la comprensión de emociones ajenas presentan un mayor riesgo de suicidio

El Grupo de Investigación en Bienestar y Salud Mental (PRISMA)  de la Universidad de La Rioja, con motivo del Día Mundial para la Prevención del Suicidio 2020  que se celebra este jueves 10 de septiembre, ha publicado un estudio de marcadores de riesgo de conductas suicidas. Esta investigación ha sido financiada por una Ayuda de la Fundación BBVA a Equipos de Investigación Científica en Economía y Sociedad Digital 2017  y por el Instituto de Estudios Riojanos.

10 septiembre, 2020

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Equipo de Investigación

Los adolescentes que presentan dificultades en ciertas funciones neurocognitivas, como las relacionadas con el aprendizaje, la memoria o la comprensión de las emociones ajenas, presentan mayor riesgo de suicidio, según el estudio elaborado por el grupo de investigación de la universidad riojana. Este estudio es uno de los primeros a nivel mundial en relacionar estos aspectos en población adolescente e identifica marcadores que podrían ayudar a prevenir las conductas suicidas, que constituye la segunda causa de muerte en nuestro país entre este grupo de edad. Ha sido publicado en la revista científica Archives of Suicide Research.

Las funciones cognitivas son los procesos mentales que nos permiten percibir, recordar, aprender, resolver problemas, planificar, decidir y otras tareas imprescindibles para interaccionar con nuestro entorno. Conforman nuestra capacidad de pensar e incluyen desde la memoria o el razonamiento hasta el lenguaje y las habilidades sociales. Los investigadores del Grupo PRISMA de la Universidad de La Rioja han estudiado la relación entre estas funciones y la conducta suicida mediante un estudio en el que han participado más de 1.500 adolescentes. Además, han analizado diferentes variables psicológicas relacionadas con el bienestar y la salud mental y aplicado una batería neuropsicológica (serie de test y otras pruebas), en colaboración con diversos centros escolares.

“Los resultados muestran que existe una correlación entre diferentes dificultades neurocognitivas y el riesgo de conducta suicida”, afirma el investigador Javier Ortuño Sierra, profesor de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de La Rioja y uno de los autores del artículo. “En concreto, los adolescentes con riesgo alto de suicidio mostraron unas puntuaciones menores en pruebas de funcionamiento ejecutivo como la cognición compleja, la memoria episódica y la cognición social”, advierte.

Los procesos cognitivos complejos nos permiten integrar la información que percibimos, mientras que la memoria episódica se relaciona con la capacidad de recordar acontecimientos y experiencias personales pasadas. Por su parte, la cognición social –campo en el que la contribución seminal de las profesoras Susan Fiske y Shelley Taylor les ha valido obtener el Premio Fronteras del Conocimiento de Ciencias Sociales en su XII edición–posibilita, por ejemplo, entender las emociones de los demás a través de las pistas que nos da su comportamiento social.

“Aquellos adolescentes con dificultades en funciones ejecutivas como las mencionadas pueden tener más riesgo de presentar conducta suicida. De manera inversa, los adolescentes con dificultades psicológicas, como en este caso el riesgo de suicidio, presentan más problemas neurocognitivos que potencialmente afectan a otras áreas como el ajuste y rendimiento escolar. Es probable también que si se tiene un peor ajuste académico pueda aumentar el riesgo de conducta suicida, creándose una especie de círculo vicioso”, explica Ortuño Sierra. Así, la investigación ha permitido identificar nuevos indicadores que alertan sobre el riesgo de suicidio. “La detección de estos marcadores neurocognitivos en población adolescente puede permitir establecer intervenciones preventivas tempranas en una etapa de especial relevancia como es la adolescencia”, añade el investigador.

Junto a Javier Ortuño Sierra, han participado en este trabajo, los investigadores Rebeca Aritio, Adriana Díez, Alicia Pérez de Albéniz, Félix Inchausti, Paloma de Vicente, Julia Pérez, Carla Sebastián, Beatriz Lucas y Eduardo Fonseca Pedrero, investigador principal del proyecto.